Esta conferencia, encuadrada en algunos puntos de la Carta de Santo Domingo, gira en
torno a la comunicación, la democracia y la gobernabilidad y reflexiona sobre lo que es
posible hacer desde la comunicación social en favor de una sociedad digna. Esto es: en
favor de la democracia y la gobernabilidad que corresponden a la sociedad y a sus
ciudadanos, instituciones, comunidades, niños, niñas, adolescentes, hombres, mujeres y
ancianos con su tradición y su cultura, todo lo cual se sostiene desde la participación
igualitaria en la vida pública.

COMUNICACIÓN, DEMOCRACIA Y GOBERNABILIDAD

1

Señor Rector de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, Monseñor
Agripino Núñez Collado.
Deseo en primer lugar agradecer la invitación de una institución como la suya, que
desde 1962 viene aportando a la cultura dominicana a través de un compromiso
con el desarrollo y el diálogo entre distintos sectores de la sociedad de este
querido país. La labor de una universidad en nuestro tiempo es vital para ofrecer
alternativas a todos los sectores de la población y ustedes lo vienen haciendo no
sólo desde la formación de profesionales, sino también de la producción
intelectual, basada en investigaciones y en personal académico calificado.
Encuadro esta conferencia en la Carta de Santo Domingo, producto de un
encuentro organizado por la UNESCO, esta Universidad y el Colegio Dominicano
de Periodistas, fundamentalmente en los siguientes puntos:
Que el libre acceso de las personas a las fuentes de información pública es un
derecho humano universal y un principio democrático inherente al derecho a la
información, a la libertad de expresión y de prensa.
Que el libre acceso a la información pública contribuye a la transparencia de la
gestión pública, combate la corrupción y la cultura del secreto como práctica y
asegura un mayor grado de eficiencia en el manejo de la cosa pública.
Que el libre acceso a la información pública garantiza la participación ciudadana
en la toma de decisiones de interés público, factor indispensable para la
construcción de una cultura democrática.
Hay expresiones que no quisiéramos reconocer como brotadas de los labios
humanos. Recordaré aquí tres: “Viva la muerte”, pronunciada por un militar
franquista para arengar a su tropa hacia 1940. “Toca acabar con los
esperanzados”, en boca de un militante de un movimiento armado de nuestra
América Latina, hacia 1996. “La sociedad no existe”, manifestación de Margaret
Thatcher en tiempos de su máximo poder en Inglaterra. La primera arremete
contra lo más preciado, nuestra vida, a nombre de la violencia y la guerra; la

segunda contra el mañana, contra la insistencia de nuestra especie en creer y
soñar; la tercera contra lo que nos constituye como seres humanos: el otro, la
interacción, la socialización, la solidaridad. Muerte, destrucción de mañana y
destrucción de comunidad están en la base de esas tres expresiones.
Proponerle a un país desde el gobierno que la sociedad no existe significa abrir
una ancha vía para la ruptura de espacios de trabajo, de encuentro, de ayuda
mutua. Estamos ante una ley salvaje: sálvese el que tenga fuerzas, propiciada por
quienes no ven personas, sino cifras. Conocemos lo sucedido con la aplicación del
neoliberalismo a ultranza en las últimas décadas del siglo pasado. El lenguaje fue
variando. La palabra crecimiento desalojó al término desarrollo. Los países crecían
mientras que la sociedad se subdesarrollaba.
Desde otros ángulos, coherentes con esa expresión de la ex ministra inglesa,
vinieron a decirnos que la sociedad es el campo de batalla de los guerreros del
mercado. Retomo un anuncio publicitario del año 1997:
En África, una gacela despertará sabiendo
que tiene que correr más rápido que el león más lento
para no ser comida.
También en África, un león despertará sabiendo
que tiene que correr más rápido que la gacela más lenta
para no morirse de hambre.
En este nuevo amanecer estamos listos
para correr junto a su empresa, como siempre,
y le aseguramos
que en el hábitat de los negocios
seremos los más veloces.
El hábitat de los negocios así entendido se traslado a la trama de las relaciones
cotidianas. El papel de gacelas le tocó al grueso de la población, en tanto que los
leones se volvieron cada vez más veloces y más feroces. Si la sociedad no existe,
si todo se resuelve en ese estereotipo de las leyes de la selva, si el mismo es
promovido también desde el gobierno como la forma de sacar adelante un país,
los más profundos valores de relación comienzan a resquebrajarse.
Pero nos queda todavía más. A semejantes prédicas y prácticas se sumó otra que
ha dejado profundas huellas sabe Dios por cuánto tiempo. Me refiero a la
picaresca. ¿Tiene sentido traer aquí esa corriente literaria, con orígenes en la
comedia griega y con fuerte presencia en el siglo de oro español? Veamos
algunas características de la figura del pícaro:
→ el engaño
→ el ingenio

→ la astucia
→ la habilidad en la palabra
→ la falta de afectos permanentes
→ el anhelo de sobrevivir o de trepar
→ el exitismo
→ el uso del otro para cumplir sus fines
Todo esto nos lo ha legado la literatura, por ejemplo en El Buscón de Quevedo. Si
vuelvo sobre ese tipo de personaje lo hago a partir de las siguientes preguntas: ¿Y
si la picaresca hubiera en nuestro tiempo ganado el poder? ¿Y si fuera tan
omnipresente como en los ambientes retratados por Quevedo, sólo que ahora
potenciada al infinito por otros mecanismos? ¿Y si la tuviéramos día a día entre
nosotros, como práctica social y como constante oferta discursiva?
A la destrucción de las alianzas sociales, a la guerra total, se sumó en no pocos
países la presencia de seres astutos, diestros en el engaño, hábiles en el decir y
en el trepar, capaces en muchos casos de dejar a quien sea en el camino para
seguir adelante. No pretendo generalizar para nada a la clase política en su
conjunto esta caracterización de picaresca. Pero en ciertos casos, y mi país la
Argentina fue uno de ellos, ha tocado padecer por años gavillas de depredadores
encaramados en el poder, con una enorme capacidad de mentira y de seducción.
Porque el pícaro tiene como arma la seducción, es uno de sus recursos
privilegiados para llevar al otro hacia donde van sus intereses. Volveremos sobre
este tema a la hora de referirnos al apoyo a estos personajes de no pocos
programas correspondientes a la cultura mediática.
¿Los resultados de destrucción social, guerra y picardía? Uno de enorme peso
para hoy y para el futuro: sólo un 2% de alrededor de cien millones de niños, niñas
y adolescentes de entre 9 y 14 años, considera a los políticos como líderes
sociales (encuesta de UNICEF, año 2000). Conocíamos ya el descrédito, pero
expresado en la mirada de quienes van entrando en la vida y en la sociedad
provoca un dolor sin márgenes. ¿Qué creará quien acaba por no creer?

Democracia y gobernabilidad

Los años 80 trajeron el aliento de la democracia a buena parte de nuestros países.
Es común, y gratificante, ver cómo por primera vez en décadas un gobierno
elegido en las urnas le pasa el poder a otro legitimado de la misma manera. Se
insiste en esos casos en la continuidad de nuestro modo de vida y en la
gobernabilidad. Corresponde detenernos en esta última, porque reducirla a la
continuidad de las elecciones y de gobiernos producto del sufragio es estrechar su
sentido.

Diferenciemos gobernabilidad autoritaria de gobernabilidad democrática.
Conocemos en carne propia la primera, con los atropellos a la ciudadanía, con el
reino del miedo, con la agresión a los derechos fundamentales, con la violencia y
la muerte. No queremos una gobernabilidad de esa naturaleza, aunque se
pretenda que la misma acaba por dejar algunos beneficios económicos y un cierto
orden.
Un segundo tipo de gobernabilidad se sostiene en la seducción y en el juego de
complicidades. A fuerza de venderlo todo, de endeudar hasta a las generaciones
venideras, de crear una ilusión de crecimiento mientras la vida cotidiana de la
mayoría de la población se desfonda, es posible mantener a un país como si
estuviéramos en el mejor de los mundos. Hemos escuchado una y otra vez esa
frase: en nuestro mandato estuvo asegurada la gobernabilidad. La cuestión es
preguntarse por el precio de la misma.
No nos interesan esas dos formas, que en definitiva se sostienen en el
autoritarismo, uno abierto, feroz, el otro vestido de engaños, movido por una
siniestra astucia. La gobernabilidad o se practica en beneficio de la totalidad de la
ciudadanía o no tiene sentido.
Afirma Raúl Urzúa Manuel de Puelles:
“La gobernabilidad es inseparable de la capacidad de los gobiernos para
conducir los procesos y actores sociales hacia el desarrollo, la equidad y la
consolidación de las instituciones democráticas, ajustándolas a las reglas
del juego democrático y resolviendo de acuerdo a ellas los conflictos de
intereses y valores… una gobernabilidad positiva, orientada a crear un
nuevo orden para la dignidad de todos, lo que implica inevitablemente un
proyecto ético2.”
La dignidad significa el ejercicio de todos los derechos, la posibilidad de sentirse
alguien en el propio contexto, erguido en la vida, con capacidad para crecer, para
apropiarse de los beneficios de la cultura humana y aportar a ella. El concepto
contrario es el de humillación. La palabra proviene de humus, tierra; el humillado
es quien ha sido colocado a ras del suelo, vencido, abandonado. Un país y su
gente, pueden ser llevados por determinada gobernabilidad hacia la dignidad de la
vida diaria o hacia la humillación correspondiente a indignas condiciones de
existencia. Un país puede contar con dirigentes probos, preocupados por el bien
común, o bien con gavillas dedicadas a saquearlo todo, a envilecer, a lanzar a
amplios grupos sociales a la supervivencia y a la búsqueda cotidiana de la dádiva.
Quien gobierna debe velar por sus ciudadanos, no tomar la cosa pública como
presa de caza, no llevar a la miseria a grandes mayorías, no quebrar a un país
moral y económicamente, en ese orden. En la década del 90 vivimos en la
Argentina el estrechamiento de los derechos, el deterioro del sistema judicial, la
mentira como forma cotidiana de relación. Se nos predicó a los cuatro vientos que
habíamos entrado al primer mundo y que nos modernizábamos al ritmo de los

países industrializados. Y todo esto en complicidad con muchos programas de
comunicación masiva, porque una de las maneras de mantener el autoritarismo
sin las armas pasa por la seducción mediática. Llegamos al extremo de tener
como director del canal estatal, que debía ser un garante de la cultura nacional, a
un hombre del espectáculo, ligado a lo más burdo del mundo de la farándula.
No pretendo adjudicar los problemas de nuestras democracias y de la
gobernabilidad a los temas que vengo presentando. Nadie discute el contexto
internacional, la violencia expresada en guerras y atentados, el tráfico de drogas y
de seres humanos, la herencia de tantas décadas de políticas erradas y de
regímenes autoritarios, la pérdida, una y otra vez, de oportunidades históricas, las
reglas de juego del comercio internacional favorables a quienes tienen en sus
manos el mazo de naipes o los engranajes de la ruleta; el crecimiento de la
población y el deterioro de las condiciones de vida a escala planetaria…
Tampoco pretendo juzgar a todos los que conforman el mundo de la política. Las
generalizaciones no nos hacen bien. Si algo caracteriza a ese mundo es la
contradicción, tanto de ideas como de ideales. Encontramos en él las gavillas a las
que hice referencia y personas y grupos dispuestos a entregar lo mejor de sí para
impulsar la construcción de ciudadanía y de sociedades dignas.

Comunicación, democracia y gobernabilidad

Estamos aquí reunidos para reflexionar sobre lo que puede hacerse desde la
comunicación social a favor de una sociedad digna, con ciudadanos dignos, no
humillados por la miseria o por el engaño. Cuando se tocan estos temas, surgen
de inmediato voces dispuestas a la celebración continua: ¿a qué preocuparse?
Nunca como ahora la gente dispuso de tanta información, nunca como ahora hay
tal variedad de alternativas de elegir entre diferentes medios, nunca como ahora
es posible acceder a la aldea global a través de la red de redes. Podemos formar
incluso ciudadanías planetarias, ¿para qué tantos resquemores si la gente se
informa de múltiples fuentes? Compare usted con unos 40 años atrás, cuando casi
nadie tenía televisor y no existía Internet.
Necesitamos, para avanzar en la reflexión, confrontarnos con esas voces
optimistas en exceso. El acceso a más datos, el bombardeo cotidiano desde
imágenes y sonidos, no asegura la construcción de ciudadanía. Primero porque no
es lo mismo consumir información que apropiársela desde una capacidad de
interpretación y contextualización. Estar expuesto a los medios no significa mayor
conciencia. Las condiciones de espectador y de consumidor tienen sentido a la
hora del espectáculo o de la relación con las mercancías, pero la ciudadanía y la
democracia son mucho más que eso.
No nos alcanzan las cifras del rating ni la seducción cotidiana de la farándula
encaramada en la cultura mediática. El hecho de que mucha gente siga un

programa, no quiere decir que tal práctica la haga más solidaria, más participativa,
más ética. Las cifras de televidentes nada tienen que ver con las cifras de la
miseria social, con las cifras del voluntariado, con las cifras de las organizaciones
preocupadas por el dolor ajeno, con las cifras de la educación. Se ha dicho con
razón que los medios ya no viven de vender anuncios, sino de vender públicos;
sus ganancias provienen de la cantidad de lectores o espectadores que pueden
demostrar. Esas astucias poco y nada aportan a la construcción de la ciudadanía.
Son juegos económicos y mediáticos, la sociedad es algo mucho más complejo y
más serio como para asimilarla a tales malabarismos.
Las voces que todo lo celebran nos vienen hablando hasta el cansancio de la era
de la interactividad. La gente puede ahora participar, contestar, volverse
protagonista en un programa. Todo es hoy interactividad: el aplauso, la llamada
telefónica para ganarse un electrodoméstico, la incorporación a juegos dedicados
a mostrar habilidades como comer a toda velocidad o pasar por sitios plenos de
obstáculos. No nos interesa dirigir a esas prácticas una mirada adusta, destinada
a descalificar cualquier forma de diversión. Hay un derecho a esta última que no
pretendemos desconocer, ni rechazar. Pero la democracia mediática, así
entendida, poco y nada tiene que ver con la democracia en el seno de la sociedad.
La exclusión de amplias mayorías de la población no se resuelve con esa fiesta
permanente de los medios de comunicación; tampoco el descreimiento hacia el
quehacer político por parte de la inmensa mayoría de los niños y adolescentes de
América Latina. Estamos en realidad, con esos programas, ante una interactividad
controlada, restringida y manipulada; ante una seudoparticipación, por más
necesaria que sea la diversión.
Se viene insistiendo hasta el cansancio en el papel de los medios en relación con
la construcción del ciudadano, con la gestación de opiniones, con la orientación
para las decisiones políticas, con la sustitución que han hecho de la plaza pública,
del ágora. Todo estaría sujeto a su influencia, como si la sociedad se hubiera
evaporado, como si no existiera, tal cual lo decía Margaret Thatcher.
¿Y si estuviéramos frente a un gigantesco simulacro de construcción de
ciudadanía? ¿Y si asistiéramos a modos cotidianos de impedir dicha
construcción?

El periodismo cívico

A comienzos de los 90 se inició en los Estados Unidos un movimiento denominado
periodismo cívico o periodismo público3. El punto de partida fue que en la
sociedad con más información del planeta se venía viviendo un proceso de
deterioro de la credibilidad y la participación por parte de la ciudadanía, lo que se
evidenciaba en el abstencionismo y en el alejamiento de los espacios
comunitarios. No sólo eso, la corriente nació a causa de la pérdida de credibilidad
de los medios de comunicación y de la baja confianza en las instituciones.

El periodismo cívico no se limita a informar: trabaja con grupos para que la gente
opine, discuta temas y problemas de interés común, ofrezca soluciones; se trata
de llegar a los ciudadanos para escucharlos y para que se escuchen a fin de pasar
de espectadores a actores. Estamos ante un avance muy importante, en una
sociedad desinformada y desmovilizada, a pesar de tanta profusión de
información.
En realidad ese camino fue anticipado en nuestra América Latina varias décadas
antes. Retomo lo expresado en la conferencia que ofrecí en Tegucigalpa en
octubre de 2002, dentro de un encuentro internacional sobre sociedad de la
información y la comunicación, organizado por la UNESCO:
“Pero el descubrimiento de la interactividad y de la interacción suena tardío
si se piensa en todo lo hecho en América Latina para superar esas formas
de unidireccionalidad y de poder. La concepción dialógica de la educación,
los aportes a la participación de la comunicación y la educación popular, se
vienen sosteniendo de manera ininterrumpida en nuestras tierras desde la
década del 60.
Y no sólo por el llamado al trabajo educativo en las relaciones cara a cara.
La búsqueda de la participación se extendió en los setenta a la
comunicación alternativa, con todo tipo de materiales y experiencias4.”
Desde los años 70 apostamos en nuestra región por una comunicación
participativa y democrática, no sólo a través de los medios, sino en el conjunto de
las relaciones con la sociedad.

Presencia del periodismo

Al comienzo de esta conferencia mencioné la Carta de Santo Domingo y el papel
que en su preparación tuvo el Colegio Dominicano de Periodistas. Quiero, a través
de esa agrupación, hacer un reconocimiento a quienes a lo largo de toda la
historia de la vida independiente de nuestros países han venido ofreciendo sus
mejores esfuerzos para sostener los derechos fundamentales del ser humano y de
la sociedad en su conjunto. La nuestra, soy periodista desde la década del 60, es
una profesión maravillosa con una clara posibilidad de riesgo cuando su práctica
se enfrenta a los privilegios del poder.
Permítanme traer la experiencia de la Argentina para referirme a la labor de
nuestros profesionales. El periodismo de investigación y el periodismo
interpretativo abrieron profundos surcos en la muralla del festín político de la
década del 90 en mi país. Seamos prudentes en la atribución de protagonismos.
Las cosas se desfondan por el fondo, la destrucción de la base social estaba allí
para quien quisiera verla y sentirla. Además, se alzaban sin descanso voces de

políticos probos y de distintas organizaciones. En todo ese proceso, el periodismo
cumplió una tarea innegable. Decepcionada de los grupos en el poder,
decepcionada del aparato judicial, de los cuerpos de seguridad, la población
comenzó a acudir a quienes resistían en los medios con una actitud crítica. De a
poco, por los esfuerzos de éstos a favor de la transparencia, fueron asomando los
tentáculos de un profundo quiebre moral y económico en la sociedad.
Sólo dos ejemplos: un programa televisivo dedicado al periodismo de investigación
mostró durante días los currículos de no pocos jueces que habían sido nombrados
durante ese período. Páginas vacías en los formularios que debían llenar: ni
publicaciones, ni estudios de postgrado, ni sentencias que sentaran jurisprudencia,
ni, ni, ni… Otra serie de programas consistió en enseñar viviendas: de la que se
había salido al ganar un cargo público, hasta la que se tenía 4 o 5 años más tarde.
El éxito de esos programas, en lo que a seguimiento de público se refiere, llevó a
la mayoría de los canales a ofrecer propuestas similares. Pronto comenzó una
puja entre el periodismo serio, bien fundamentado en informaciones e
investigaciones, y la reducción de la necesaria crítica a manoseo mediático.
Hay una línea difícil de precisar entre el llamado a la transparencia a una rigurosa
fiscalización y la espectacularización a cualquier precio, la devastación de toda
credibilidad. Es complejo colocar en el lugar exacto el fiel de la balanza, sobre
todo cuando algunas parodias de fiscalización se originan en luchas por el poder.

Comunicación y actores sociales

Con la recuperación de la democracia en la región se abrió el camino a la
emergencia en la vida pública de nuevos actores sociales. Veamos lo que señala
Margarida Krohling al referirse a las “nuevas ciudadanías”:
“…por ejemplo, la ciudadanía planetaria que actúa movida por la sociedad
civil global; los grupos activistas ecológicos para preservar el medio
ambiente; grupos ligados a la música y las artes plásticas que desarrollan
proyectos sociales – culturales para niños de favelas y de la periferia de las
grandes ciudades; ciudadanía de las minorías sociales, representadas por
las relaciones de género, etnia, diversidad, deficientes físicos, reintegración
de presos en la sociedad, valorización de los ancianos, etc.; ciudadanos e
inmigrantes que se desubican en su viaje por el mundo y precisan tener
derechos asegurados…5”
El tejido social se ha ampliado para mostrarnos toda su riqueza y complejidad. No
podemos entender la relación comunicación, democracia y gobernabilidad sin
tomar en consideración esa trama.

La comunicación a favor de la democracia y la gobernabilidad es demasiado
importante como para dejársela sólo a los medios de comunicación. Con su
omnipresencia, con su penetración en la vida cotidiana, con su desfile constante
de personas y personajes, los medios no agotan para nada la riqueza de las
relaciones en cualquier sociedad. No los descalificamos, pero tampoco les
reconocemos el protagonismo total que se les atribuye.
La comunicación es demasiado importante como para dejársela sólo a los
periodistas. Nuestra profesión, de la cual García Márquez ha dicho con razón que
es una de las mejores del mundo, cumple un papel importantísimo en los tiempos
que corren. Pero lejos estamos de creer que sólo a nosotros nos corresponde
comunicar sobre la cosa pública.
La comunicación es demasiado importante como para dejársela sólo a los
políticos. Ya hemos prevenido acerca de la picaresca y de las alianzas basadas en
la seducción y el espectáculo. En ningún caso, sea de políticos venales o de
políticos probos, podemos aceptar que la comunicación ciudadana descanse
únicamente en ellos.
La comunicación es demasiado importante como para dejársela sólo a la
recepción de información y al consumo de la oferta mediática y de lo que se puede
bajar de Internet; como para vestirla de seudo participación y de seudo
interactividad. No es con el rating como se construye una sociedad distinta.
La comunicación a favor de la democracia y la gobernabilidad es de toda la
sociedad, conformada por sus ciudadanías clásicas y emergentes, por sus
instituciones, por sus comunidades, por sus niños, niñas, adolescentes, mujeres y
ancianos, por sus tradiciones y cultura, por sus relaciones de cercanía y sus
redes.
No nos ha ayudado a impulsar el crecimiento de la democracia el estrechamiento
de lo comunicacional a unos pocos actores, demasiado cercanos al poder y a sus
beneficios. Si resulta necesario hoy más que nunca un reclamo constante de
transparencia, una fiscalización de la cosa y de las acciones públicas, esa tarea
debe estar a cargo de quienes se desempeñan en profesiones acordes con ella,
como el periodismo, pero también, y de modo fundamental, a cargo de la totalidad
de la sociedad.

La corresponsabilidad comunicacional

Si la comunicación va mucho más allá de la influencia de quienes aparecen de
modo casi natural como sus representantes, corresponde preguntarnos por el
alcance de la misma en dirección a la construcción de democracia y
gobernabilidad. Reconocemos por lo menos los siguientes ámbitos:

→ la comunicación comunitaria
→ la comunicación en las instituciones y las organizaciones
→ la comunicación en la vida de relación, en la vida pública
→ la comunicación al interior del estado y del estado hacia los
ciudadanos
→ la comunicación como cultura y como disfrute de los beneficios de la
cultura
Los interlocutores de una Cátedra UNESCO denominada Comunicación,
Democracia y Gobernabilidad, no son sólo los políticos y los periodistas. Habrá
mucho que ofrecer a ellos y aprender de ellos. Pero los interlocutores constituyen
un universo más amplio, porque una democracia se construye y se sostiene desde
sus ciudadanos, desde sus instituciones y sus organizaciones, desde las nuevas
ciudadanías, desde la participación igualitaria en la vida pública.
Una Cátedra como ésta tiene ante sí temas como la comunicación en los ámbitos
ejecutivo, legislativo y judicial; la comunicación en los gobiernos locales; la
comunicación universitaria de cara a lo que la sociedad espera de esa institución;
la comunicación de las demandas ciudadanas, que en muchos de nuestros países
no encuentran los canales adecuados para manifestarse6.
Señor Rector, la apertura de la Cátedra en su querida y respetada institución,
significa un profundo compromiso moral, puesto que la moral se funda en la
preocupación por el otro, en el anhelo del bien común, en la búsqueda de
sociedades dignas, conformadas por ciudadanos con condiciones de vida dignas,
no humillados por ninguna forma de poder.
Desde nuestra experiencia, nos permitimos sugerir un diálogo abierto con todos
los sectores sociales del país, a fin de ampliar el campo de trabajo de la Cátedra
para abarcar no sólo el quehacer político e informativo, sino también cuestiones
fundamentales de la vida en democracia. No pretendo en esta ocasión detallar
tales cuestiones, que seguramente irán surgiendo del diálogo y del consenso.
Pero me permito sugerir una impronta que atraviese todo lo que ustedes hagan en
este terreno y me baso para ello en una de las palabras utilizadas para nombrar a
la Universidad, cuando se dice de ella “Madre y Maestra”. Esta Cátedra está
llamada a hacer pedagogía sobre la democracia y la gobernabilidad. A hacerla con
la clase política, con los colegas periodistas, con los sectores universitarios, con
todas las formas de ciudadanía, con las iglesias. Hacer pedagogía significa
investigar e interpretar, identificar y recuperar experiencias valiosas, acompañar
procesos sociales con información y opinión; tomar partido frente a lo que
pretende minar las reservas morales del país, abrir foros de reflexión, comunicar
de manera constante, con claridad y firmeza, lo que pueda colaborar en esta
empresa de sostener y consolidar la vida en sociedad. Hacer pedagogía significa
una tenaz labor en apoyo al aprendizaje de ciudadanía.

Señor Rector, en un delicioso libro de José Saramago que vengo leyendo en estos
días, Memorial del convento, he encontrado una expresión estremecedora: “Un
hombre precisa hacer provisiones de sueños”. De soñar se trata siempre, decimos
nosotros, con los ojos bien abiertos, para ir más allá de nuestro presente.
Los seres humanos necesitamos también, por encima de todo, provisión de
dignidad. Quiero agradecer a usted y a la comunidad de su Universidad, esta
apuesta por el futuro y por la dignidad ciudadana.

Daniel Prieto Castillo
Santo Domingo, 15 de marzo de 2004

1

Cátedra UNESCO de Comunicación, Democracia y Gobernabilidad, Conferencia inaugural.

2

Manuel de Puelles, Raúl Arzúa. “Educación, gobernabilidad democrática y gobernabilidad de los
sistemas democráticos”, Revista Iberoamericana de Educación, Nº 12, OEA, 2002.

3

Carrasco, Sabrina. “Periodismos cívico: la gente define la agenda y delibera sobre políticas”,
Revista Cambio Cultural, www.cambiocultural.com.ar, junio de 2003.

4

Prieto Castillo, Daniel. “La comunicación y la educación en el horizonte de la sociedad del
conocimiento”, Tegucigalpa, 30 de octubre de 2002.

5

Margarida Krohling, “Campos de estudios emergentes en comunicación en las nuevas
ciudadanías”, en Revista Diálogos, Ed. FELAFACS, diciembre de 2003, Lima, pp. 77 a 89.

6

Es mucho lo que se ha avanzado en nuestros países, a través del aporte de organismos
nacionales e internacionales, de agrupaciones gremiales y de movimientos sociales, como queda
claro en los temas previstos para el taller de mañana en este mismo encuentro: “El rol de los
medios en la sostenibilidad de la democracia”, “Modernizar los congresos latinoamericanos: las
tecnologías comunicacionales y la relación entre Congreso y sociedad”, “Transparencia: el acceso
a la información y la calidad de la democracia”.